lunes, 25 de enero de 2021

DESDE LA FINCA


De lluvias y recuerdos.- Esta semana ha llovido como pocas veces en la región cafetalera, el miércoles la lluvia inició en la madrugada y permaneció todo el día hasta caer la noche y siguió la brisa fina, el chipi-chipi. Es cuando los cortadores de café ni siquiera salen de sus casas y se dedican a arreglar o preparar sus herramientas e implementos de trabajo. También para convivir con la familia pues no se pueden ni asomar. Las matas de café, todavía cargadas de granos rojos, pareciera que bailan contentas y agradecidas por la lluvia. “Está lloviendo dinero” decían los abuelos, pues esta agüita hace florecer y producir todo lo que comemos en diferentes momentos: quelites, chiles, gasparitos, palmitos, frutas, calabazas, milpas y muchas cosas que la naturaleza nos prodiga. El viejo cortador, curtido por el tiempo y el trabajo, quien ha vivido en dos siglos y dos milenios, rodeado de la pipiolera de nietos y bisnietos, mientras disfruta un jarro de humeante café negro, platica anécdotas y vivencias. “En estas fechas hace muchos años, nos preparábamos con mi padre y sus amigos para visitar al Santo Entierro en su fiesta de Teocelo, donde disfrutábamos de la hospitalidad de entrañables amigos que nos recibían con generosa cordialidad. Primero pasábamos a la casa de don Daniel Flores, quien tenía una cantina cerca de donde fue la estación del ferrocarril Xalapa – Teocelo, ‘El Piojito’”, donde se disfrutaba de sabrosos vinos que ellos mismos preparaban. Luego pasábamos a la casa de don Isaac Martínez, donde se nos ofrecía mole, chiles rellenos y barbacoa. Recuerdo que tenía una gran consola o sinfonola que no paraba de alegrar con ‘pasos dobles’. Ambos señores fueron los iniciadores de esta fiesta el último domingo de enero, ya que en esta temporada de cosecha hay dinero, a diferencia de la otra fiesta de ese lugar que es en agosto. Fiesta, música, danzantes, fervor, algarabía; otros tiempos. En ocasiones casi coincidía, como este año, con la fiesta de la Virgen de La Candelaria, el 2 de febrero en Cosautlán, donde era obligado ir a saludar a los Óvula, a los Galván y a don Beto Díaz. También allá abundaba la comida, las cervezas y el famoso aguardiente que se producía en los trapiches de esa hermosa región montañosa”. Los chiquillos muy atentos al relato, le preguntan sobre el origen de las fiestas patronales, a lo que el sabio mentor de las laderas, el erudito acumulador del conocimiento pragmático, volviendo a pedir más café, se sienta en su cómoda silla de paja e inicia su cátedra: “Las fiestas patronales tienen un origen religioso y están fuertemente marcadas por cada lugar donde se realiza y tienen un marcado simbolismo. Las trajeron los frailes españoles y se adoptaron por la feligresía. Son muy ricas en mitos y rituales que permanecen desde siglos. Despliegan una amplia amalgama de elementos en un espacio y tiempo concretos. Es la ocasión para la expresión del ritmo, el color, la sociabilidad, la emotividad, el comensalismo y hasta el desenfreno. En la fiesta se baila, se canta, se juega, se interpreta música, se lucen vestidos, se engalanan espacios y se alegran los grupos humanos hasta el paroxismo. Incitan la participación de la gente y despliegan el uso de distintos elementos, sonoros, literarios, económicos y sociales. Implica la oposición de binarios tales como ocio frente a trabajo, emoción frente a razón, tradición frente a modernidad. Comer, beber, bailar y lucir prendas nuevas son actividades propias e identificativas de las fiestas patronales religiosas. En sus componentes, se mezclan y fusionan actos festivos y lúdicos con creencias y actos religiosos, que son difícilmente separables…”. Aunque los chiquillos no entendieron nada del sociológico análisis del abuelo, les queda claro que las fiestas son para convivir con familia y amigos, y para divertirse de muchas maneras. “Abuelo, nos tienes que llevar…”…











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